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  • El suicidio, la respuesta más desesperada frente al sufrimiento

    En el mundo hay aproximadamente 800 mil suicidios por año. La Lic. Inés Maidana, especialista del Hospital Austral, explica qué es el acto suicida y cómo evaluarlo.

    Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “el suicidio es un acto deliberadamente iniciado y llevado a cabo por un individuo con el conocimiento o la expectativa de que su resultado va a ser la muerte”. Un intento suicida, en cambio, puede tener o no a la muerte como el fin buscado; mientras que el riesgo suicida es la probabilidad que tiene una persona de intentar matarse.

    En el mundo hay 800 mil suicidios por año y corresponden al 1.6 % de todas las muertes. Se sabe que hay muchos más, pero no todos son registrados o algunos se computan como accidentes.

    La Licenciada Inés Maidana, integrante del servicio de Salud Mental del Hospital Universitario Austral, aseguró que “el acto suicida es la respuesta más desesperada frente a una situación de sufrimiento en el marco de la cual la persona no encuentra recursos para sortear la crisis circunstancial o vital que atraviesa en su propia estructura ni en su coyuntura”. Y agregó: “Por ende, el suicido es una respuesta de extrema patología, y a raíz de eso los profesionales de la salud mental nos vemos enfrentados al desafío más complejo: evaluar con exactitud las características del paciente, porque a mayor precisión diagnóstica, mayores serán las probabilidades de evitar las ideas suicidas o la concreción del acto”.

    Si bien ante los pacientes con potencial riesgo de quitarse la vida es difícil saber o detectar quién va a intentar un suicidio y quién no; o cuándo es inminente el acto suicida, hay criterios clínicos para evaluar que funcionan como una guía para la apreciación de las necesidades de tratamiento. Pero, hay que tener en cuenta que los factores que se evalúan en las escalas pueden variar con el tiempo y que por sí solos no indican la inminencia del suicidio.

    En muchos países el suicidio es una de las principales causas de muerte con entre 6 y 12 suicidios consumados por año cada 100 mil habitantes. Además, de cada 100 mil personas que viven en la Ciudad de Buenos Aires, 11 se suicidan cada año. Por otro lado, se considera que hay 23 intentos suicidas por cada suicidio consumado.

    “Es importante, por ejemplo, tener en cuenta la inminencia del acto suicida. Depende tanto de la intención clara de matarse como de querer morir en el mismo, de la falta de capacidad de dominio sobre sus propios impulsos y de no tener una red de contención. Así, es importante estar atento a los factores estresantes que rodean al paciente y que pueden desmejorar su estado clínico general (físico, somático, socioeconómico, etc.)”, sumó la licenciada Maidana.

    Es posible encontrar pacientes con riesgo suicida entre los que acaban de intentar matarse, entre los que consultan porque tienen ideas o impulsos de suicidarse, entre los que tienen conductas suicidas, o entre los pacientes que consultan por cualquier otra molestia. Y es fundamental estar atentos porque un mal diagnóstico aumenta el riesgo de muerte por suicidio.

    “Si detectamos en el paciente ideas o conductas suicidas, debemos evaluar si su posible riesgo de muerte es mayor al de la población general. También debemos valorar la intención suicida actual, así como observar sus controles internos y ambientales. Y, finalmente, si está en riesgo, instaurar las medidas de prevención y de tratamiento adecuadas”, agregó la Lic. Maidana.

    Fuente: https://bit.ly/2FXlGKH

  • «El duelo de una muerte por suicidio es mucho más difícil»

    La coordinadora del Observatorio del Suicidio de las Illes Balears destaca que el 80% de los que sobreviven dan las gracias al poco tiempo por no haber logrado quitarse la vida

    No hablar del suicidio aumenta el tabú. Hace que quienes se sienten lo suficientemente al borde del abismo como para pensar en hacerlo no se animen a hablar sobre ello y piden ayuda. Y también condena a los seres queridos de aquella persona que fallece por suicidio a un silencio a una «doble victimización». Así lo aseguró ayer la responsable del Observatorio del Suicidio de las Illes Balears, Nicole Haber, durante una jornada celebrada en el Hospital Can Misses destinada a profesionales de los medios de comunicación y a la que también asistió la jefa del servicio de Psiquiatría, Cristina Merino.

    «Hay dos muertes por suicidio por cada muerte de tráfico», apuntó Haber para dejar clara la magnitud que suponen estos fallecimientos, cuyo duelo, indicó, «es mucho más difícil» de afrontar que el de otro tipo de muertes. Esto, señaló, se debe a las preguntas que se hacen quienes quedan. El sentimiento de culpa. «Los ‘y si…’ y los ‘por qué’», apuntó la responsable del Observatorio, que indicó que se calcula que por cada fallecimiento por suicidio «hay seis personas sufriendo» en el entorno más cercano, aunque, en realidad, son muchas más si se tienen en cuenta amigos y compañeros de trabajo.

    Haber explicó que los hospitales de Inca y Son Llàtzer cuentan ya con un equipo específico para tratar sobre el suicidio y la idea es que, lo antes posible, dispongan de este grupo de profesionales todos los centros hospitalarios de las islas. En estos momentos, el Observatorio convoca reuniones cada dos meses con representantes de todos los hospitales.

    La psicóloga destacó la importancia de las asociaciones de familiares y amigos a la hora de ayudar a otras personas a superar que un ser querido se haya quitado la vida. También de los teléfonos de la esperanza: «Ya no los atienden, como antiguamente, voluntarios sino profesionales que saben cómo actuar». «En la mayoría de los casos se trata de una cuestión de tiempo», insistió la experta, que señaló que, muchas veces, la intención de acabar con su vida es algo «momentáneo». De hecho, indicó que la práctica totalidad de las personas que han sobrevivido a un intento de suicidio, se muestran contentas y agradecidas de no haberlo llevado a término. Eso sí, destacó que haberlo intentado en alguna ocasión es un factor de riesgo que, además, no se reduce con los años. «Puede hacer de ello 20 años, pero si ya lo intentaste podrías volver a hacerlo», señaló. «El 80 por ciento de ellas, al cabo poco tiempo se preguntan cómo pudieron llegar a pensar en quitarse la vida», continuó la experta.

    Haber explicó que un suicidio nunca tiene una única causa –«si fuera así estaríamos todos muertos»–, aunque afirmó que un hecho concreto puede ser «el detonante». Además, hizo hincapié en que detrás del 80% de suicidios hay un trastorno mental: depresión, esquizofrenia… Y muchas veces sin identificar. «Mucha gente no ve lo que le está pasando, aguanta, se prolonga durante meses, hasta que la mente hace crack», indicó.

    Fuente: https://bit.ly/2FXlGKH

  • Conductas parentales vinculadas al suicidio adolescente

    Una reciente investigación sobre las conductas parentelas y el suicidio en adolescentes, observó que el apoyo y compromiso emocional positivo de los padres con sus hijos es un factor clave para prevenir el suicidio.

    El estudio nacional del año 2012 patrocinado federalmente, muestra un vínculo significativo entre las conductas parentales y los pensamientos de suicidio entre adolescentes, de acuerdo con una presentación dada por dos profesores de la Universidad de Cincinnati en la conferencia de la Asociación Americana de Salud Pública, llevada a cabo este 2017.

    Los profesores Keith King y Rebecca Vidourek realizaron un análisis de datos de seguimiento de la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud del año 2012, la cual provee datos a nivel nacional (y estatal) sobre consumo de tabaco, alcohol, drogas ilegales (incluido el uso no médico de medicamentos con receta) y salud mental en los Estados Unidos.

    La encuesta incluía datos de 17.399 adolescentes de entre 12 y 17 años.

    Sus hallazgos mostraron que los niños de entre 12 y 17 años son significativamente más propensos a contemplar, planear e intentar suicidarse cuando sus padres no realizan ciertas conductas que les demuestren a los chicos que se preocupan por ellos. Sorprendentemente, los resultados mostraron que el grupo etario para el cual el impacto era más significativo, eran los niños de entre 12 y 13 años. Los niños de esas edades, cuyos padres no les decían que estaban orgullosos de ellos, eran casi cinco veces más propensos a tener pensamientos suicidas, alrededor de siete veces más propensos a formular un plan de suicidio y a hacer el intento, comparados con sus pares. De forma similar, los chicos de 12 y 13 años a los que los padres nunca les decían que habían hecho un buen trabajo o a los que nunca les habían ayudado con las tareas estaban a un riesgo excesivamente alto de suicidarse.

    Los autores creen que es de vital importancia que los chicos se sientan conectados positivamente con sus padres y familiares.

    Además resaltan que, aunque el riesgo de suicidio es menor en chicos más grandes (comparados con los de 12 y 13 años), sigue siendo alto si los papás no se involucran emocionalmente con sus hijos. Por ejemplo, los adolescentes de entre 16 y 17 años cuyos padres raramente o nunca les decían que estaban orgullosos de ellos, eran tres veces más propensos a tener pensamientos suicidas y casi cuatro veces más propensos a hacer un plan de suicidio e intentarlo.

    Aunque el hecho de que el riesgo sea más bajo en niños de 14 años para arriba sea esperanzador, probablemente se deba a que han encontrado otros mecanismos de afrontamiento para reemplazar la falta de compromiso parental. Sin embargo, dichos mecanismos muchas veces no son saludables, suelen involucrar el consumo de sustancias o conductas sexuales altamente riesgosas. Los autores señalan por último, que los resultados se mantienen a pesar del género o al raza.

    Igualmente es importante recordar el suicidio es un evento complejo y el hallazgo del estudio antes mencionado es solo uno de los factores involucrados. Otros estudios han encontrado que el tiempo que los adolescentes de entre 13 y 18 años pasan frente a la pantalla también está vinculado a las conductas suicidas, por ejemplo. Así mismo, se sabe que tener un padre que ha intentado suicidarse aumenta el riesgo también para sus hijos.

    Las investigaciones deben continuar para poder proveer mejores planes de prevención.

    Fuente: https://bit.ly/2DGGjZ3

  • Consejos para que el primer día de clases no sea traumático

    El primer día de clases, algunos niños y niñas llegan al aula con alegría e ilusión, otros lloran y patalean al ver que serán separados de sus padres y que se enfrentan a un nuevo espacio y a gente desconocida (maestro y otros niños).

    Adaptarse y aceptar estos cambios es, por lo general, una cuestión de tiempo, pero resulta más fácil si los padres y maestros actúan de manera conjunta y organizada para que este periodo de adaptación escolar no sea tan traumático.

    “El inicio de la escolaridad es un momento trascendental en la vida de la familia, el cambio atañe tanto a los niños y niñas como a los padres”, comenta la psicóloga Isabel Calatayud del gabinete psicopedagógico Creare.

    En ambos existe angustia de separación. Los padres —continúa la experta— ven el inicio de independencia de su hijo y tienen que aceptar que, a partir de ese momento, hay otra institución (además de la familia) que interviene en el proceso de desarrollo de su hijo.

    “Los niños se encuentran con una realidad inesperada, a la que no están acostumbrados y al ser la primera vez que éstos salen del ambiente familiar es natural que reciban un shock inicial, el mismo que en la mayoría de los casos debería durar sólo unos pocos días de llanto o quizá solamente de estupor pasajero”, explica German Burgoa, director general del Consultorio de Estimulación Temprana y Apoyo Familiar (Cetaf).

    Sin embargo —continúa el psicólogo—, hay otros niños a los que el proceso de adaptación les toma más tiempo de lo esperado con berrinches y llanto inconsolable.

    “La capacidad de adaptación responde a procesos personales, de acuerdo a las características individuales, al tipo de familia, el tipo de vínculos del niño con sus figuras parentales, cada niño va a tener una forma de enfrentar situaciones nuevas”, explica Calatayud.

    La psicóloga Tatiana Gutiérrez explica que “al niño puede costarle un día, una semana o más adaptarse al entorno escolar, pero si ya sobrepasa el mes, es necesario indagar particularmente el entorno familiar y el porqué este tipo de conducta se manifiesta en el niño”.

    LLORA Y NO QUIERE QUEDARSE

    Ante la posibilidad de que el niño o niña llore y no quiera quedarse en el centro, Burgoa aconseja “en un principio evitar los rituales largos, no llevarlo de vuelta a la casa, entregar al niño a la maestra y estar pendientes de que el proceso de inseguridad haya pasado rápido a través de una llamada al kínder o esperar que la maestra llame en caso de que sea muy difícil consolarlo”. Aconseja recogerlo los primeros días más temprano y felicitarlo por el tiempo de permanencia (no traerle regalos ni nada parecido).

    Calatayud señala que ante esta situación, se puede trabajar con la familia, sugiriendo que dejen al niño por un corto periodo en aula e ir incrementando los tiempos de forma gradual hasta que logre cumplir el tiempo establecido.

    Recalca que es de gran ayuda que la escuela tenga actividades lúdicas de recibimiento durante al menos una semana, donde la actividad se inicie con un juego de interacción, padres-hijos y maestras, para facilitar la separación.

    Gutiérrez explica que “en situaciones en las cuales el llanto del niño o de la niña sea pasajero, lo que se espera del papá o la mamá es que lo dejen en la puerta del curso y posteriormente retirarse de la institución. Esto ayudará a que su proceso de adaptación sea menos traumático y se acostumbre más rápidamente a su nueva rutina diaria”.

    “Entretanto, la maestra deberá distraer al niño con algún juguete, llevarlo a pasear por los ambientes de la institución o realizar algún juego para que el niño se tranquilice”, dice la especialista. “Una vez que suceda esto, se debe indagar el porqué del llanto para que él comprenda también que se está atendiendo a sus aflicciones”, acota.

    Los expertos realizan algunas sugerencias que se pueden ir realizando con antelación en casa para que este cambio no sean tan brusco.

    1. Comenzar la adaptación en casa. Para que el inicio del kínder o escuela no suponga un cambio brusco en los hábitos diarios del niño, es necesario, en las semanas previas, adaptar de forma progresiva los horarios de sueño y las comidas.

    2. Hacerlos partícipes de la elección del centro y los materiales. Calatayud aconseja hacer partícipes a los niños y niñas en la búsqueda de la institución o centro y que sepan que uno elige el que consideran el mejor para su hijo y que confían en el lugar seleccionado.
    “Es bueno visitar la institución en repetidas oportunidades y que conozca los espacios, dejar que juegue ahí e interactúe con el personal de la institución”, dice la experta.
    Es importante también preparar con ellos el material escolar.

    3. Los padres deben mostrar seguridad. “Los padres deben mostrarse seguros y los niños se sentirán seguros”, explica Burgoa .
    Señala que se debe confiar en el lugar y las personas a cargo, delegándoles a ellas la responsabilidad de acoger de manera cariñosa pero a la vez firme, de manera que los niños y niñas puedan apoyarse en su maestra.
    “Tras una larga travesía, los padres eligen la mejor opción para el inicio de la escolaridad de sus hijos. Por tanto, deben dar un voto de confianza a la institución y al personal”, comenta Calatayud. “No olviden que los padres primerizos son ellos, la institución ya tiene experiencia en este proceso”, señala.

    4. Desdramatizar las despedidas. Las despedidas deben ser breves y alegres. Es recomendable evitar los chantajes afectivos de tipo “si lloras me pongo triste” y mentir al niño con frases como “vengo enseguida”, “ya vuelvo” o irse sin que se dé cuenta. Hay que recordarle siempre que se volverá a recogerle. En el caso de situaciones de tensión, con llantos y rabietas, se debe responder con ternura y comprensión pero con firmeza, para que no piense que con sus protestas puede prolongar la despedida.
    Burgoa señala que se “debe dejar al niño en manos de la maestra a cargo, sin mucho ritual y palabrería”.

    5. Manifestar una actitud positiva. Es necesario evitar los comentarios negativos o utilizar el colegio como amenaza.
    Para transmitirle seguridad y tranquilidad es recomendable contarle cosas buenas del colegio, hablarle de las actividades divertidas que pueden hacer en el aula o de los amigos nuevos de su edad que puede encontrar.

    6. La puntualidad, clave en el proceso. Tardarse para llevar o buscar al niño en su primer día es un mal precedente, esto le puede producir angustia y hasta sentimiento de abandono.
    Es importante recogerlos a la hora en punto o llegar minutos antes.
    “Cuando tardamos en recogerlos, podemos provocar sentimientos de abandono y soledad, lo que hará que el niño o la niña no quiera retornar al kínder los siguientes días”, explica Burgoa.

    7. Mostrar interés. Para reforzar la adaptación del escolar, los padres deben demostrar su interés por sus actividades, preguntarle a la salida de clase qué ha hecho, cómo lo ha pasado o los nombres de los compañeros nuevos a quienes ha conocido.

    8. Comunicación fluida con los maestros. Los padres deben mantener una comunicación fluida con los maestros y estar atentos a lo que la maestra y/o el psicólogo del colegio puedan recomendar para facilitar la adaptación del niño. Además de estar predispuestos a escuchar para que este proceso sea exitoso.

    Fuente: http://www.lostiempos.com/tendencias/bienestar/20180131/consejos-que-primer-dia-clases-no-sea-traumatico

  • Factores de Riesgo Suicida en la Niñez

    El conocimiento de los factores de riesgo que predisponen la aparición de determinada condición mórbida es una estrategia válida para su prevención. Este principio es aplicable a la conducta suicida. En este artículo de PsicologíaOnline, mencionaremos los Factores de Riesgo Suicida en la Niñez.

    Los factores de riesgo suicida en la niñez

    Ante todo hay que considerar que los factores de riesgo suicida son individuales, pues lo que para algunos es un elemento de riesgo, para otros puede no representar problema alguno. Además de individuales son generacionales, ya que los factores de riesgo en la niñez pueden no serlo en la adolescencia, la adultez o la vejez. Por otra parte son genéricos, ya que la mujer tendrá factores de riesgo privativos de su condición y así también lo será para el hombre. Por último, están condicionados culturalmente, pues los factores de riesgo suicida de determinadas culturas pueden no serlo para otras.

    Pasemos a enunciar los factores de riesgo suicida en la niñez que contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en la adolescencia.

    Como es conocido, se considera que por debajo de los 5 ó 6 años, los niños tienen un concepto muy rudimentario de lo que es la muerte o el morir, por lo que resulta prácticamente improbable que se participe activamente de la muerte. En esta etapa la muerte se representa, personifica u objetiviza como una persona con buenas o malas intenciones, o un lugar desagradable o apacible. También a estas edades es común que la muerte se asocie a la vejez y a las enfermedades. Por encima de esta edad, se comienza a considerar la muerte como un suceso inevitable y universal, llegando el niño o la niña a la conclusión de que todas las personas, incluyéndolo a él, tienen que morir.

    Paralelamente con el concepto de muerte se desarrolla el de suicidio. Por lo general los niños han tenido alguna experiencia sobre el tema mediante la visualización de este tipo de acto en la televisión, sea a través de programaciones para los adultos o dirigidos a los niños y las niñas (muñequitos o comics). Otras veces, el concepto se va adquiriendo mediante diálogos con compañeros de su propia edad que han tenido familiares suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos. En sus concepciones sobre el suicidio, en el niño se entremezclan creencias racionales e irracionales, articuladas y lógicas y poco coherentes y comprensibles.

    Hay niños y niñas que adquieren ambos conceptos, muerte y suicidio a una edad más temprana y otros más tardíamente, creyendo estos últimos que la muerte es una continuidad de la vida o que es un estado parecido al sueño del cual es posible ser despertado tal y como ocurre en el cuento ‘La Bella Durmiente’.

    En la infancia, como es lógico suponer, los factores de riesgo suicida deben ser detectados principalmente en el medio familiar. Por lo general, el clima emocional familiar es caótico, pues no hay un adecuado funcionamiento de sus integrantes y no se respetan los roles ni las fronteras de sus respectivos miembros. Los padres, cuando conviven juntos se enrolan en constantes querellas, llegando a la violencia física entre ellos o dirigiéndolas a los integrantes más vulnerables, en este caso los más jóvenes, niños y niñas y los más viejos, ancianos y ancianas.

    Es frecuente que los progenitores padezcan alguna enfermedad mental, entre las que se citan por su frecuencia, el alcoholismo paterno y la depresión materna. El alcoholismo paterno es sufrido por el resto de la familia, pues esta toxicomanía involucra a todos los integrantes, sea por los desórdenes conductuales, por la violencia, los actos suicidas, los problemas económicos o la incapacidad de cumplir con los roles asignados al alcohólico y que otros tienen que asumir.

    La depresión materna, además del peligro suicida que conlleva se convierte en un estímulo para el pesimismo, la desesperanza, la sensación de soledad y la falta de motivación. A ello se añaden las situaciones de maltrato por no poder la madre, en estas condiciones, satisfacer las necesidades emocionales y de cuidados del niño o la niña.
    Otro factor de riesgo suicida de importancia en la niñez es la presencia de conducta suicida en alguno de los progenitores. Aunque no está demostrado que el suicidio esté determinado genéticamente, es un hecho que el suicidio puede ser imitado, principalmente por las generaciones más jóvenes, lo cual ha dado origen al término ‘Efecto Werther’, por los suicidios ocurridos entre los jóvenes que habían leído la novela de Goethe Las penas del joven Werther, cuyo protagonista termina su vida por suicidio con arma de fuego. En ocasiones este proceso no es plenamente consciente y el suicidio se produce por un mecanismo de identificación, proceso mediante el cual se incorporan a la personalidad algunos rasgos de la personalidad o formas de ser del sujeto identificado.

    Otras veces lo que se transmite es la predisposición genética, no para el suicidio, sino más bien para alguna de las enfermedades en las que este síntoma es frecuente. Entre estas enfermedades se encuentran las depresiones y las esquizofrenias en cualquiera de sus formas clínicas. Ambos trastornos están descritos como uno de los principales factores de riesgo suicida en la adolescencia.

    Las relaciones entre los progenitores y sus hijos pueden convertirse en un factor de riesgo de suicidio cuando están matizadas por situaciones de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o psicológico. La violencia contra los niños y las niñas en cualquiera de sus formas es uno de los factores que entorpecen el desarrollo espiritual de la personalidad, contribuyendo a la aparición de rasgos en ella que predisponen a la realización de actos suicidas, entre los que se destacan la propia violencia, la impulsividad, baja autoestima, las dificultades en las relaciones con personas significativas, la desconfianza, por sólo citar algunos.

    Otras veces las relaciones están caracterizadas por la sobreprotección, la permisividad y la falta de autoridad, todo lo cual conspira contra el buen desarrollo de la personalidad de los niños y las niñas, quienes se tornan caprichosos, demandantes, poco tolerantes a las frustraciones, manipuladores y egocéntricos, pretendiendo que todos los seres humanos los traten de la misma manera indulgente que lo hacen los familiares, lo que provoca diversos problemas de adaptación desde la más temprana infancia, los que se recrudecen en la adolescencia, cuando la socialización ocupa un lugar preponderante en la conformación definitiva de la personalidad.

    Los motivos que pueden desencadenar una crisis suicida infantil son variados y no específicos, pues también se presentan en otros niños que nunca intentarán contra su vida. Entre los más frecuentes se encuentran:

    1. Presenciar acontecimientos dolorosos como el divorcio de los padres, la muerte de seres queridos, de figuras significativas, el abandono, etc.
    2. Problemas en las relaciones con los progenitores en los que predomine el maltratofísico, la negligencia, el abuso emocional y el abuso sexual.
    3. Problemas escolares, sea por dificultades del aprendizaje o disciplinarios.
    4. Llamadas de atención de carácter humillante por parte de padres, madres, tutores, maestros o cualquier otra figura significativa, sea en público o en privado.
    5. Búsqueda de atención al no ser escuchadas las peticiones de ayuda en otras formas expresivas.
    6. Para agredir a otros con los que se mantienen relaciones disfuncionales, generalmente las madres y los padres.
    7. Para reunirse con un ser querido recientemente fallecido y que constituía el principal soporte emocional del niño o la niña.

    Las crisis suicidas infantiles: ¿cómo funcionan?

    Obviamente, una crisis suicida infantil surge de la relación del niño o la niña con su medio familiar y se manifiesta por una serie de señales en la conducta que se expresan, de manera general, en cambios de todo tipo. Comienzan a tornarse agresivos o pasivos en su comportamiento en la casa y en la escuela, cambian sus hábitos de alimentación y de sueño, pudiendo mostrar inapetencia o por el contrario, un apetito inusual. En cuanto al hábito del sueño, los cambios pueden consistir en desvelos o insomnio, terrores nocturnos, en los cuales el niño o la niña despiertan, al parecer, pues realmente no lo están aún, con los ojos desmesuradamente abiertos, temerosos, sudorosos y quejándose de lo que están visualizando y que les ocasionan el terror que experimentan.

    También sufren de pesadillas o malos sueños, así como enuresis, o lo que es lo mismo, orinarse en las ropas de cama mientras se está durmiendo. En otras ocasiones lo que pueden presentar es una somnolencia excesiva, que puede ser un síntoma depresivo a estas edades.

    Durante la crisis suicida infantil son comunes los problemas relacionados con el rendimiento y comportamiento del niño o la niña en la escuela. Las dificultades académicas, las fugas de la escuela, el desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin motivo aparente, la no participación en los juegos habituales con los demás niños y amigos, la repartición de posesiones valiosas, y hacer notas de despedidas, son signos que pueden ser observados en una crisis suicida infantil.

    Para el manejo de esta crisis suicida en la infancia es necesaria la participación de los padres y las madres en la terapia, lo cual no se logra en muchas ocasiones, pues el niño o la niña provienen de hogares rotos o con un clima emocional que impide tal procedimiento.

    La atención psicoterapéutica a una crisis suicida infantil debe ir dirigida a la sensibilización de padres o tutores para que tomen conciencia de los cambios ocurridos en el niño o la niña, que presagian la ocurrencia de un acto suicida. Hay que insistir con ellos en el control de los métodos mediante los cuales el niño o la niña puedan autolesionarse y poner a buen recaudo sogas, cuchillos, armas de fuego, tabletas de cualquier tipo, combustibles, sustancias tóxicas y otros venenos, etc.

    Si el niño o la niña realizan una tentativa de suicidio hay que investigar qué intención perseguían con este acto, pues necesariamente no tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea el de mayor gravedad. Los deseos de llamar la atención, la petición de ayuda, la necesidad de mostrar a otros cuán grandes son sus problemas, pueden ser algunos de los mensajes enviados con un acto suicida. Se debe intentar realizar un diagnóstico correcto del cuadro clínico que está condicionando la crisis suicida, para descartar que este sea el debut de una enfermedad psiquiátrica mayor, como un trastorno del humor o una esquizofrenia, y en ello puede desempeñar un papel muy útil la observación de sus juegos y la entrevista médica, la cual debe correr a cargo de un especialista en psiquiatría del niño y el adolescente.

    La actitud de la familia

    La actitud de la familia ante el intento de suicidio infantil constituye un dato de suma importancia y cuando sea posible hay que evaluar la capacidad que tienen los padres y las madres para comprender y modificar los factores que han predispuesto o precipitado el intento de suicidio. Es necesario que la familia comprenda que la conducta suicida siempre indica una adaptación inadecuada y requiere tratamiento psicológico, psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y nunca limitarlo a la resolución de la crisis suicida.

    Se debe evitar que los padres y las madres se ataquen mutuamente, para lo cual se le hace entender que ya la familia tiene un problema, que es el intento suicida del niño o la niña y no se debe sumar uno más, dado por los continuos ataques mutuos, que lo único que pueden conseguir es entorpecer el manejo de la crisis o provocar mayor malestar en el infante que puede sentirse culpable de estas reyertas. Se invitará a cada progenitor a meditar en lo que cada cual debe comenzar a hacer o dejar de hacer para que la situación del infante sea aliviada y se establecerán contratos terapéuticos con cada uno, a ser reevaluados en próximos encuentros. Si alguno de los progenitores presenta niveles importantes de psicopatología, se intentará persuadir para recibir la terapia correspondiente.

    Nunca debe transmitirse a los miembros de la familia que este tipo de acto tiene intenciones de manipularlos y siempre se les debe alertar sobre aquellas conductas que presagian la realización de un nuevo acto de suicidio.
    La hospitalización del niño o la niña que han intentado contra su vida puede ser una indicación válida si persisten las ideas suicidas, si el intento de suicidio es el debut de una enfermedad psiquiátrica grave, si existe comorbilidad, especialmente el consumo de drogas, alcohol u otras sustancias adictivas, si los progenitores padecen de trastornos mentales de importancia o si el clima emocional familiar no constituye un medio idóneo para que la crisis suicida sea resuelta.

    De manera general, se puede dividir la biografía de los futuros adolescentes con conducta suicida en tres momentos.
    1- Infancia problemática, caracterizada por un elevado número de eventos vitales negativos, tales como abandono paterno, hogar roto, muerte de seres queridos por conducta suicida, alcoholismo paterno, depresión materna, dificultades socioeconómicas, abuso sexual, maltrato físico o psicológico, etc.
    2- Recrudecimiento de los problemas previos con la incorporación de los propios de la edad, como son las preocupaciones sexuales, los cambios somáticos, los nuevos retos en las relaciones sociales, la independencia, la vocación, etc.
    3- Etapa previa al acto de suicidio que se caracteriza por la ruptura de una relación valiosa o un cambio inesperado de su rutina cotidiana, a la cual le es imposible adaptarse de una manera creativa, apareciendo los mecanismos autodestructivos.

    Este artículo es meramente informativo, en Psicología-Online no tenemos facultad para hacer un diagnóstico ni recomendar un tratamiento. Te invitamos a acudir a un psicólogo para que trate tu caso en particular.

    Autor: Prof. Dr. Andrés Pérez Barrero