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  • El riesgo de suicidio se incrementa drásticamente en los meses posteriores de las autolesiones en adolescentes

    Los adolescentes que han realizado algún tipo de autolesión se enfrentan a un alto riesgo de suicidio en los meses posteriores. Así lo demuestra un paper reciente de la ya conocida revista Pediatrics (PDF) y que vuelve a remarcar la imperiosa necesidad de contar con intervenciones clínicas especialmente diseñadas para este periodo de alto riesgo.

    Las autolesiones pueden definirse como conductas que causan directa o indirectamente daño a los tejidos del cuerpo sin una intención suicida (aunque puede incrementar el riesgo) y que cumplen una función para reducir el malestar emocional. En Psyciencia hemos publicado dos excelentes artículos que explican esto muy bien: Mitos y realidades en torno a las autolesiones y ¿Qué es la autolesión? funciones y mitos, así que recomiendo leer a profundidad.

    La investigación presente se desarrolló en Estados Unidos y revisó los datos de 45 estados para determinar cual es el riesgo de suicidio en los meses posteriores al episodio autolesivo no mortal de 32,395 adolescentes que tenían entre 12 y 24 años de edad.

    TENÍAN 46 VECES MÁS RIESGO DE MORIR POR SUICIDIO EN LOS 12 MESES POSTERIORES A LAS AUTOLESIONES NO MORTALES

    Sus resultados demuestran que el 17% de los adolescentes evaluados había cometido repetidamente algún tipo de autolesión (lo que demuestra que es más frecuente de lo que la mayoría de las personas cree) y el 0.15% había muerto por suicidio.

    Así también se pudo conocer que los adolescentes del grupo de autolesiones tenían 46 veces más riesgo de morir por suicidio en los 12 meses posteriores a las autolesiones no mortales. Al evaluar las diferencias según genero se encontró que los varones tenían 4 veces más riesgo de morir de suicidio que las mujeres. Una posible explicación se encuentra en la reticencia que suelen tener los varones para buscar ayuda psicológica.

    Para concluir los investigadores resaltan que los servicios de salud mental deben tomar como prioridad la salud y seguridad de los adolescentes luego de autolesionarse, especialmente en los meses posteriores cuando parece que los adolescentes están mucho mejor y que ya no intentarán lesionarse. Para ello los autores proponen la restricción de medios letales y mejorar el acceso a relaciones de sostén (amigos y apoyo familiar) e incrementar el monitoreo controlado de los síntomas suicidas de los adolescentes.

    Referencia del estudio original:

    Suicide After Deliberate Self-Harm in Adolescents and Young Adults

    Fuente: https://www.psyciencia.com/el-riesgo-de-suicidio-se-incrementa-drasticamente-en-los-meses-posteriores-de-las-autolesiones-no-fatales-en-adolescentes/

  • La importancia de los abuelos para tus hijos

    Las abuelas y los abuelos son para el niño un pilar fundamental en su vida, mantener una relación sana abuelo – nieto resulta fundamental para el desarrollo emocional y afectivo del pequeño, además de poder crear bonitos recuerdos que durarán toda la vida.

    Seguro que si preguntas a cualquiera que tuviera una buena relación con sus abuelos te dirá los bonitos recuerdos que mantiene de esa época y cómo le ayudaron a crecer como persona. ¿Tú también puedes recordar buenos momentos junto a los padres de tus padres?

    Las relaciones intergeneracionales son muy importantes para cualquier niño o niña igual de importante que lo fue para ti cuando tenías su edad y durante todo el crecimiento.

    Beneficios de la relación con los abuelos

    Los abuelos no están solo para cuidar de tus hijos de forma gratuita (además deben ser ellos quienes decidan si cuidar o no a tus hijos, y deben poner sus condiciones), si no que estas relaciones entre niños y abuelos son muy beneficiosas y lo sabrás solo recordando todo lo bueno que tus abuelos te aportaron a ti en su momento.

    Además de poder conseguir buenos recuerdos, los niños aprenden a desarrollar su inteligencia emocional y social. Además son más conscientes de controlar sus emociones, sus impulsos y expresar sus emociones, algo primordial para desarrollarse adecuadamente en la sociedad en la que vivimos y poder interactuar de forma positiva con sus iguales.

    la importancia de los abuelos para tus hijos 2
    DAVID PEREIRAS VILLAGRÁ/ISTOCK/THINKSTOCK

    Pasar tiempo con los abuelos supone aprender que tienen más personas de confianza, además de sus padres, que también les quieren y les cuidan como si fueran sus propios hijos.

    Pueden aprender buenos valores, por ejemplo cuando están jugando con los abuelos y la abuela pierde la partida pero ésta no se enfada, el niño aprenderá mediante la observación y la imitación a manejar la frustración de forma correcta.

    Además si delante de los niños los abuelos se dicen lo mucho que se quieren después de tantos años, los niños aprenderán a amar a los demás y a quererse. ¿No te parece algo precioso?

    Un niño que aprende cosas buenas de los abuelos crecerá mucho internamente y podrá tener mejores relaciones interpersonales gracias al haber desarrollado una inteligencia emocional y social.

    No dudes en potenciar un vínculo positivo entre tus hijos y sus abuelos para que se sientan seguros y protegidos también en sus casas. Aprenderán a ser agradables, a ser cuidados, a actuar bien cuando no estés delante, a seguir reglas y normas como lo hacen en casa.

     

    Fuente: https://www.vix.com/es/imj/familia/6737/la-importancia-de-los-abuelos-para-tus-hijos

  • Factores de Riesgo Suicida en la Niñez

    El conocimiento de los factores de riesgo que predisponen la aparición de determinada condición mórbida es una estrategia válida para su prevención. Este principio es aplicable a la conducta suicida. En este artículo de PsicologíaOnline, mencionaremos los Factores de Riesgo Suicida en la Niñez.

    Los factores de riesgo suicida en la niñez

    Ante todo hay que considerar que los factores de riesgo suicida son individuales, pues lo que para algunos es un elemento de riesgo, para otros puede no representar problema alguno. Además de individuales son generacionales, ya que los factores de riesgo en la niñez pueden no serlo en la adolescencia, la adultez o la vejez. Por otra parte son genéricos, ya que la mujer tendrá factores de riesgo privativos de su condición y así también lo será para el hombre. Por último, están condicionados culturalmente, pues los factores de riesgo suicida de determinadas culturas pueden no serlo para otras.

    Pasemos a enunciar los factores de riesgo suicida en la niñez que contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en la adolescencia.

    Como es conocido, se considera que por debajo de los 5 ó 6 años, los niños tienen un concepto muy rudimentario de lo que es la muerte o el morir, por lo que resulta prácticamente improbable que se participe activamente de la muerte. En esta etapa la muerte se representa, personifica u objetiviza como una persona con buenas o malas intenciones, o un lugar desagradable o apacible. También a estas edades es común que la muerte se asocie a la vejez y a las enfermedades. Por encima de esta edad, se comienza a considerar la muerte como un suceso inevitable y universal, llegando el niño o la niña a la conclusión de que todas las personas, incluyéndolo a él, tienen que morir.

    Paralelamente con el concepto de muerte se desarrolla el de suicidio. Por lo general los niños han tenido alguna experiencia sobre el tema mediante la visualización de este tipo de acto en la televisión, sea a través de programaciones para los adultos o dirigidos a los niños y las niñas (muñequitos o comics). Otras veces, el concepto se va adquiriendo mediante diálogos con compañeros de su propia edad que han tenido familiares suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos. En sus concepciones sobre el suicidio, en el niño se entremezclan creencias racionales e irracionales, articuladas y lógicas y poco coherentes y comprensibles.

    Hay niños y niñas que adquieren ambos conceptos, muerte y suicidio a una edad más temprana y otros más tardíamente, creyendo estos últimos que la muerte es una continuidad de la vida o que es un estado parecido al sueño del cual es posible ser despertado tal y como ocurre en el cuento ‘La Bella Durmiente’.

    En la infancia, como es lógico suponer, los factores de riesgo suicida deben ser detectados principalmente en el medio familiar. Por lo general, el clima emocional familiar es caótico, pues no hay un adecuado funcionamiento de sus integrantes y no se respetan los roles ni las fronteras de sus respectivos miembros. Los padres, cuando conviven juntos se enrolan en constantes querellas, llegando a la violencia física entre ellos o dirigiéndolas a los integrantes más vulnerables, en este caso los más jóvenes, niños y niñas y los más viejos, ancianos y ancianas.

    Es frecuente que los progenitores padezcan alguna enfermedad mental, entre las que se citan por su frecuencia, el alcoholismo paterno y la depresión materna. El alcoholismo paterno es sufrido por el resto de la familia, pues esta toxicomanía involucra a todos los integrantes, sea por los desórdenes conductuales, por la violencia, los actos suicidas, los problemas económicos o la incapacidad de cumplir con los roles asignados al alcohólico y que otros tienen que asumir.

    La depresión materna, además del peligro suicida que conlleva se convierte en un estímulo para el pesimismo, la desesperanza, la sensación de soledad y la falta de motivación. A ello se añaden las situaciones de maltrato por no poder la madre, en estas condiciones, satisfacer las necesidades emocionales y de cuidados del niño o la niña.
    Otro factor de riesgo suicida de importancia en la niñez es la presencia de conducta suicida en alguno de los progenitores. Aunque no está demostrado que el suicidio esté determinado genéticamente, es un hecho que el suicidio puede ser imitado, principalmente por las generaciones más jóvenes, lo cual ha dado origen al término ‘Efecto Werther’, por los suicidios ocurridos entre los jóvenes que habían leído la novela de Goethe Las penas del joven Werther, cuyo protagonista termina su vida por suicidio con arma de fuego. En ocasiones este proceso no es plenamente consciente y el suicidio se produce por un mecanismo de identificación, proceso mediante el cual se incorporan a la personalidad algunos rasgos de la personalidad o formas de ser del sujeto identificado.

    Otras veces lo que se transmite es la predisposición genética, no para el suicidio, sino más bien para alguna de las enfermedades en las que este síntoma es frecuente. Entre estas enfermedades se encuentran las depresiones y las esquizofrenias en cualquiera de sus formas clínicas. Ambos trastornos están descritos como uno de los principales factores de riesgo suicida en la adolescencia.

    Las relaciones entre los progenitores y sus hijos pueden convertirse en un factor de riesgo de suicidio cuando están matizadas por situaciones de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o psicológico. La violencia contra los niños y las niñas en cualquiera de sus formas es uno de los factores que entorpecen el desarrollo espiritual de la personalidad, contribuyendo a la aparición de rasgos en ella que predisponen a la realización de actos suicidas, entre los que se destacan la propia violencia, la impulsividad, baja autoestima, las dificultades en las relaciones con personas significativas, la desconfianza, por sólo citar algunos.

    Otras veces las relaciones están caracterizadas por la sobreprotección, la permisividad y la falta de autoridad, todo lo cual conspira contra el buen desarrollo de la personalidad de los niños y las niñas, quienes se tornan caprichosos, demandantes, poco tolerantes a las frustraciones, manipuladores y egocéntricos, pretendiendo que todos los seres humanos los traten de la misma manera indulgente que lo hacen los familiares, lo que provoca diversos problemas de adaptación desde la más temprana infancia, los que se recrudecen en la adolescencia, cuando la socialización ocupa un lugar preponderante en la conformación definitiva de la personalidad.

    Los motivos que pueden desencadenar una crisis suicida infantil son variados y no específicos, pues también se presentan en otros niños que nunca intentarán contra su vida. Entre los más frecuentes se encuentran:

    1. Presenciar acontecimientos dolorosos como el divorcio de los padres, la muerte de seres queridos, de figuras significativas, el abandono, etc.
    2. Problemas en las relaciones con los progenitores en los que predomine el maltratofísico, la negligencia, el abuso emocional y el abuso sexual.
    3. Problemas escolares, sea por dificultades del aprendizaje o disciplinarios.
    4. Llamadas de atención de carácter humillante por parte de padres, madres, tutores, maestros o cualquier otra figura significativa, sea en público o en privado.
    5. Búsqueda de atención al no ser escuchadas las peticiones de ayuda en otras formas expresivas.
    6. Para agredir a otros con los que se mantienen relaciones disfuncionales, generalmente las madres y los padres.
    7. Para reunirse con un ser querido recientemente fallecido y que constituía el principal soporte emocional del niño o la niña.

    Las crisis suicidas infantiles: ¿cómo funcionan?

    Obviamente, una crisis suicida infantil surge de la relación del niño o la niña con su medio familiar y se manifiesta por una serie de señales en la conducta que se expresan, de manera general, en cambios de todo tipo. Comienzan a tornarse agresivos o pasivos en su comportamiento en la casa y en la escuela, cambian sus hábitos de alimentación y de sueño, pudiendo mostrar inapetencia o por el contrario, un apetito inusual. En cuanto al hábito del sueño, los cambios pueden consistir en desvelos o insomnio, terrores nocturnos, en los cuales el niño o la niña despiertan, al parecer, pues realmente no lo están aún, con los ojos desmesuradamente abiertos, temerosos, sudorosos y quejándose de lo que están visualizando y que les ocasionan el terror que experimentan.

    También sufren de pesadillas o malos sueños, así como enuresis, o lo que es lo mismo, orinarse en las ropas de cama mientras se está durmiendo. En otras ocasiones lo que pueden presentar es una somnolencia excesiva, que puede ser un síntoma depresivo a estas edades.

    Durante la crisis suicida infantil son comunes los problemas relacionados con el rendimiento y comportamiento del niño o la niña en la escuela. Las dificultades académicas, las fugas de la escuela, el desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin motivo aparente, la no participación en los juegos habituales con los demás niños y amigos, la repartición de posesiones valiosas, y hacer notas de despedidas, son signos que pueden ser observados en una crisis suicida infantil.

    Para el manejo de esta crisis suicida en la infancia es necesaria la participación de los padres y las madres en la terapia, lo cual no se logra en muchas ocasiones, pues el niño o la niña provienen de hogares rotos o con un clima emocional que impide tal procedimiento.

    La atención psicoterapéutica a una crisis suicida infantil debe ir dirigida a la sensibilización de padres o tutores para que tomen conciencia de los cambios ocurridos en el niño o la niña, que presagian la ocurrencia de un acto suicida. Hay que insistir con ellos en el control de los métodos mediante los cuales el niño o la niña puedan autolesionarse y poner a buen recaudo sogas, cuchillos, armas de fuego, tabletas de cualquier tipo, combustibles, sustancias tóxicas y otros venenos, etc.

    Si el niño o la niña realizan una tentativa de suicidio hay que investigar qué intención perseguían con este acto, pues necesariamente no tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea el de mayor gravedad. Los deseos de llamar la atención, la petición de ayuda, la necesidad de mostrar a otros cuán grandes son sus problemas, pueden ser algunos de los mensajes enviados con un acto suicida. Se debe intentar realizar un diagnóstico correcto del cuadro clínico que está condicionando la crisis suicida, para descartar que este sea el debut de una enfermedad psiquiátrica mayor, como un trastorno del humor o una esquizofrenia, y en ello puede desempeñar un papel muy útil la observación de sus juegos y la entrevista médica, la cual debe correr a cargo de un especialista en psiquiatría del niño y el adolescente.

    La actitud de la familia

    La actitud de la familia ante el intento de suicidio infantil constituye un dato de suma importancia y cuando sea posible hay que evaluar la capacidad que tienen los padres y las madres para comprender y modificar los factores que han predispuesto o precipitado el intento de suicidio. Es necesario que la familia comprenda que la conducta suicida siempre indica una adaptación inadecuada y requiere tratamiento psicológico, psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y nunca limitarlo a la resolución de la crisis suicida.

    Se debe evitar que los padres y las madres se ataquen mutuamente, para lo cual se le hace entender que ya la familia tiene un problema, que es el intento suicida del niño o la niña y no se debe sumar uno más, dado por los continuos ataques mutuos, que lo único que pueden conseguir es entorpecer el manejo de la crisis o provocar mayor malestar en el infante que puede sentirse culpable de estas reyertas. Se invitará a cada progenitor a meditar en lo que cada cual debe comenzar a hacer o dejar de hacer para que la situación del infante sea aliviada y se establecerán contratos terapéuticos con cada uno, a ser reevaluados en próximos encuentros. Si alguno de los progenitores presenta niveles importantes de psicopatología, se intentará persuadir para recibir la terapia correspondiente.

    Nunca debe transmitirse a los miembros de la familia que este tipo de acto tiene intenciones de manipularlos y siempre se les debe alertar sobre aquellas conductas que presagian la realización de un nuevo acto de suicidio.
    La hospitalización del niño o la niña que han intentado contra su vida puede ser una indicación válida si persisten las ideas suicidas, si el intento de suicidio es el debut de una enfermedad psiquiátrica grave, si existe comorbilidad, especialmente el consumo de drogas, alcohol u otras sustancias adictivas, si los progenitores padecen de trastornos mentales de importancia o si el clima emocional familiar no constituye un medio idóneo para que la crisis suicida sea resuelta.

    De manera general, se puede dividir la biografía de los futuros adolescentes con conducta suicida en tres momentos.
    1- Infancia problemática, caracterizada por un elevado número de eventos vitales negativos, tales como abandono paterno, hogar roto, muerte de seres queridos por conducta suicida, alcoholismo paterno, depresión materna, dificultades socioeconómicas, abuso sexual, maltrato físico o psicológico, etc.
    2- Recrudecimiento de los problemas previos con la incorporación de los propios de la edad, como son las preocupaciones sexuales, los cambios somáticos, los nuevos retos en las relaciones sociales, la independencia, la vocación, etc.
    3- Etapa previa al acto de suicidio que se caracteriza por la ruptura de una relación valiosa o un cambio inesperado de su rutina cotidiana, a la cual le es imposible adaptarse de una manera creativa, apareciendo los mecanismos autodestructivos.

    Este artículo es meramente informativo, en Psicología-Online no tenemos facultad para hacer un diagnóstico ni recomendar un tratamiento. Te invitamos a acudir a un psicólogo para que trate tu caso en particular.

    Autor: Prof. Dr. Andrés Pérez Barrero